la luz quema mis pupilas,
el sol me desgarra la piel...
y debo continuar en una noche eterna...
Si la sangre de mi amada no me da vida eterna,
no deseo buscar en otros labios ese elixir vital.
Deseo deborar el rojo íngeno de su alma,
deseo consumirme en el calcitrante infierno
más benevolo que su mirada ausente...
mas benigno que su dolor...
Si he de morir primero asesinaré a quien ose lastimarla...
la ironía entonces me juega una charada,
pues en la letárgica nostalgia de la tarde,
el viento musita el nombre de su verdugo...
sólo yo conozco el nombre...
¿Qué debo hacer, si mi honor manda por ella como insignia?
Morir... pues nada soy sin ella,
morir... pues yo he provocado su fugaz herida.
La noche cae...su ausencia es violenta,
ella nunca entenderá las razones que me llevan a la inmortalidad demoniaca,
Carente de razón, embriagante de emociones...
las cuales se albergan en mis entrañas por lo que debo extirparme la vida.
Mis sentidos se nublan y no puedo coordinar emoción y pensamiento,
me odio a mi misma por no ser capaz de proteger la gema de su vida...
por renunciar a mis blasones, profiriendo blasfemias carentes de verdad.
La noche cae...la estaca no certera hiere mi piel,
no puedo morir... espero el sol...
Pues si aguardo en las sombras al renacer de mi amada,
mataré sin piedad a quien pise el santuario que con ella compartí...
No merece cargar con ello... conmigo... o mi recuerdo...